3.5.06

Candy mixto

/ por fin descubrimos el lado bueno de mirar la tele, qué pena todos los que tuvieron que cargar con la culpa del placer de arrobarse frente a la bomba catódica / Me meto en el parque chupando un candy mixto de Mc Donald. Es una siesta sofocante de fines de noviembre en la que el verde brilla como si estuviera a punto de hablar, o bien se ahueca y la exhalación de vapores al ras del suelo evoca la duración de una vocal abierta. Tomo agua de la fuente, recorro los sectores buscando un lugar donde echarme a retozar, pero cada reposera del suelo es un hervidero de insectos que protesta. Los bancos de piedra están inundados de agua de lluvia que demora en secarse por efecto de la bóveda de árboles que los cobija del sol. Recorro la senda empedrada hasta el final, atraído por un murmullo que crece a medida que avanzo. La visión del balneario atiborrado de niños me enceguece: con el agua que salpican los cuerpos tensándose como arcos que describieran rayos, con la cerca de caños amarillos protegiendo el predio, con el murmullo grave de los jóvenes parados en el borde de las piletas exponiéndose secos al sol rajante. Las piletas circulares convergen de mayor a menor en una más pequeña, superpuesta a todas las otras, con un chorro de ballena surtiendo de un caño. Apenas se la distingue, cubierta como está por una cinta animada de niños que trepan y saltan dentro de otras piletas en las que hay niños saltando y trepando a los bordes de otras, y así sucesivamente. Me trepo a un árbol a leer las Ensoñaciones de Rousseau. Me salteo las venenosas líneas que le dicta el resentimiento porque no es un pan que yo quiera morder, atorado como suelo estar con el mío. Me concentro en los pasajes del vagar herborizando por los bosques, el oficio de la soledad y el autoconocimiento predicados por el oráculo de Delfos luchando por encarnar en la versión más pusilánime y egocéntrica del iluminismo romántico europeo. Cuando era niño soñaba con ser entomólogo. Había leído un libro que narraba un naufragio de unos hombres que iban a parar a una isla desierta en donde cada uno continuaba desarrollando sus oficios y al cabo componían una sociedad perfecta. Mi personaje favorito era el entomólogo, un joven inglés que se las pasaba recolectando especies extrañas de insectos para investigarlos y clasificarlos con los instrumentos que llevaba en un pequeño maletín. Por supuesto que era el personaje del grupo menos interesado en sobrevivir, pero también el menos perjudicado por la ambición cuando todo volvía a ser el mismo bodrio de siempre y el autor, compadecido, les otorgaba una nueva (tercer) chance de ser rescatados por un transatlántico salido de ruta. Por ese tiempo yo había comenzado el bachillerato y para las clases de biología nos habían pedido un equipo similar al de Fred, que así se llamaba el romántico naturalista, con punzones y bisturís y láminas de corcho y vidrios porta objetos. Imagínense el entusiasmo con que preparé mi equipo, soldando durante horas pequeñas sierras de ampollas de medicamentos al extremo de una birome, para diseccionar, agujas para hincar y perforar, y espatulitas de plástico para raspar; todo pensando en seres vivos, por supuesto. Pero la desilusión llegó pronto, cuando la profesora propuso examinar las células del corcho, que no debe haber células más inocentes y aburridas que las de una inerte lámina de corcho. Yo para entonces tenía varias cucarachas y grillos encerrados en frascos, dentro de mi caja, con intención de diseccionarlos y estudiarlos en el microscopio de la escuela. Mientras llegaba la clase semanal en el laboratorio me las pasé inyectándoles inútilmente agua y otras soluciones de sal y vinagre que se me ocurrían para ver si podía hacer hablar a la naturaleza por mi cuenta. Obviamente los bichos se me pudrieron y una mañana que destapé furtivamente un frasco en clase el olor a podrido inundó todo el área de gabinetes y tuvimos que salir de las aulas. Si no me creen hagan la prueba de inyectar agua en un grillo y guardarlo al vacío en un frasco. Al cabo de unos días el hedor superará al de cualquier cadáver humano desenterrado en plena descomposición. La cuestión es que el entomólogo del libro encontraba una mariposa extraordinaria de la que sólo tenía noticia por enciclopedias, pero en su situación actual de náufrago todas sus aspiraciones de contribución y reconocimiento por la colectividad científica resultaban inútiles, así que decide no cazarla y de esta manera descubre algo más emocionante, que es cruzarse en sus excursiones diarias con la mariposa viva. Persiguiendo a la Ópalus no sé cuánto descubre un poblado pequeño emplazado en un recoveco de zarzas entre el mar y unas colinas donde habita una muchacha salvaje que lo fulmina con su belleza. Este encuentro modifica la rutina del entomólogo quien, a partir de ese día, deja de cazar y coleccionar insectos para dedicarse a pasear con la muchacha por la foresta. El espectáculo fugaz, huidizo, de las especies en libertad lo ayuda también a emanciparse de todo sentimiento de posesión con respecto a los seres y es así como el entomólogo descubre el amor en su estado puro. Por supuesto que en mi temprana edad yo hacía oídos sordos a estas moralejas y metafísicas, dado que mi interés pasaba por medir y tentar los límites de mi poder sobre las cosas, sean éstas seres vivos, muertos, reales o imaginarios, y en este caótico magma de pulsiones en el que me servía indiscriminadamente de todo lo que estaba a mi alcance yo era muy proclive a la destrucción irreflexiva, y el goce de saciar mi curiosidad vaciada de criterio daba forma a ese espíritu criminal que afortunadamente conservamos todos los hombres. Y digo afortunadamente porque estoy convencido de que el mal nos nutre y nos hace crecer más allá de la dirección que cada uno luego le dé a su aprendizaje de la vida. No sé a quien escuché decir que el bien no es más que un tope al que los humanos tendemos a acercarnos, pero finalmente es el infierno de las simas el que genera el vapor, la presión, las explosiones y las fallas de que nuestra alma se sirve para ascender. Estoy entonces en el parque, refrescándome con la visión de los muchachos saltarines en las piletas del balneario, leyendo en orden arbitrario las lecciones del putón del dieciocho, sabiendo que yo tampoco me quedo atrás con mis caprichos de finales del veintiuno. Creo. Paulatinamente la atmósfera se ha ido cerrando en gruesas y oscuras nubes que acechan desde el sudoeste. Me tienta la idea de quedarme hasta que la tormenta explote y poder ver explotar también las piletas, con muchachos saltando olímpicamente la valla y corriendo en todas direcciones. Pero tengo una tarea para dentro de quince minutos, así que guardo mi equipo en el bolso, me descuelgo del árbol y salgo del parque bordeando las piletas. Al cruzar la avenida, frente al hospital público, me quedo varado por una marcha de manifestantes que se desplaza por la calle transversal cerrándome el paso. Reconozco a algunos de los muchachos que vi hoy temprano en la fuente, ahora acalorados y con remeras y estandartes de arpillera de plástico. Filas de murga y zancos y la imagen de un político incendiándose sobre las cabezas de cientos de manifestantes enardecidos entonando un cantito que dice: El que lo votó, nos jodió, se cagó en sus hijos, y metió a todos en la tumba. A lo que me dio ya me lo chupé y para las mujeres (otra vez) el culo de la sopa. ¡Y pa las mujeres el culo de la sopa! Contesta un coro de mujeres de variada edad. La mayoría de los músicos son niños, como así también los zanquistas. Los adultos se limitan a cantar, y algunos, formando un cinturón serpenteante entre las filas, ordenan el avance. Entre tanto hago una llamada desde el locutorio del hospital. Explico a mi amiga, que me espera, que estoy a apenas unas cuadras de su casa esperando yo también a que se disipe una marcha para poder llegar. De paso saco el auricular fuera de la cabina para que ella pueda escuchar el cantito. –No es necesario –me dice–, los tengo en la puerta. Entonces ella también saca el auricular por la ventana y ambos escuchamos, con retardo de milésimas de segundos, un paneo estéreo imperfecto de las frases del canto desde un extremo al otro de la marcha. Para cuando llego, resulta que mi amiga se metió a bañar. Me da indicaciones, desde la ducha, de que la computadora está encendida. En el cuarto, la única luz proviene del monitor con un archivo de video puesto en pausa. Pongo play y me tiro en la butaca. Las imágenes están muy crudas, con mucha explosión de naranja y rosa, típicos del porno yanqui que no queríamos imitar. Pero todo lo demás fluye muy bien. La economía de las tomas, todas de siete minutos, porque están programadas, ocurren y suceden con naturalidad, sin violencia, y la edición de la banda sonora que acaba de terminar Liliana es una maravilla. Y eso que estoy hablando de, por ejemplo, explícitos cum shots amateurs con fondo de viejos tracks de Piero. Lo que más me gusta de este proyecto con Liliana y Graciela es que no somos amigos, pero en ciertos aspectos nos manejamos con una confianza ciega, como si tuviéramos un espíritu rector que nos indicara a cada uno la manera en que debemos actuar dentro de la empresa sin despertar susceptibilidades. Y además de eso, el arma más difícil de empuñar, llamémosle por hoy deseo, funciona perfecto. Somos tres tarados con la potencia de un motor de camión que cuando nos ponemos frente a la cámara nos olvidamos de todo enseguida y nos abandonamos al placer sin límites. Es increíble como el dinero, la promesa de conseguirlo, puede hacerte excitar sexualmente. Es casi tan efectivo como el amor, aunque menos complicado, porque no hay otros objetos, siquiera ideales, en tu mira, más allá de papeles de color, billetes, ¿no? para hacer con ellos lo que se te dé la gana. Cuando empezamos con esto Liliana y yo apenas nos conocíamos, pero ya había algo, o quizás mucho, de confianza sembrada sobre un reconocimiento mutuo por nuestros trabajos. Ella había leído mis cuentos en la red, no se perdía un recital de Imán, aun esas noches terribles en que me tocaba cantar frente a no menos de veinte mesas vacías. Y yo, por mi parte, siempre concurría con asombro a sus llamados, que era como había bautizado a sus extraños eventos artísticos. Cortinado verde de tiritas hecho con un borroso planisferio estampado en un hule, pizarra, escolar, dando acceso a cosquilleantes laberintos sinestésicos, en el underground de un banco, y entre luces y volutas blancas de una máquina podrida de humo rock, y un fondo musical de viejos discos de rock, cuando ya ni en la feria de Munro (hablo del invierno del 2066) se conseguían, anacrónicas referencias familiares explotando el sentido sin herir el orden de sus propios textos: manteles estampados con motivos vegetales sobreimpresos con figuras vinílicas de connotación animal, casi carne, si hablamos de los rojos, casi sangre, si de los negros torrentes precipitados hasta alcanzar el latex de la pista de baile donde nos movíamos. Graciela, una transformer barrial de asombrosa erudición cinematográfica, había estado siempre rondando nuestros proyectos. Al principio yo nada más sabía de ella que era modelo de Liliana, pero una noche, al cabo de escucharla cantar a capella, en un club casi vacío, una versión de The final countdown, de Europe, comencé a adorarla y varias veces la alenté para que preparáramos un talk-ficción radial que, al final, nunca pudimos concretar (y ahora tiendo a creer que a causa de una extraña paradoja que suele conspirar contra la perfección). Recuerdo algunas cosas del guión que compuse para ella por ese entonces. Se trataba de una líder de “X” Sociedad Protectora del Tamagochi que reclamaba la negligencia con que los niños, aburridos, insaciables y al mismo tiempo atiborrados de información, dejaban morir, con consentimiento de sus padres, sus mascotas virtuales. Su discurso recreaba paródicamente el mito de la criatura monstruo, tipo Frankenstein (y, en cierta manera, también Pinocho), víctima de la ambición desmesurada del hombre científico, sólo que nuestra versión era un disparate seudo moral para un segmento de humor que yo producía en un programa de F.M. Recuerdo también ahora que Liliana estuvo presente en muchos de aquellos ensayos, que fueron casi todos en plazas. Siempre de casualidad, ella pasaba paseando su perro o haciendo diligencias en el auto. Compraba Coca Cola y golosinas y se tiraba muy calladita en el pasto a vernos ensayar. A lo sumo renegaba con su mascota. Y cuando ya parecía que apenas estaba prestando atención, como cualquier ocioso que pone la tele para poner su mente en blanco, pasar el rato, se despabilaba con unas ideas tan precisas, voladoras, audaces, sí, pero acertadísimas y llenas de gracia, que cualquier otro, estoy seguro, y mucho más conociendo, como creo conocer, la sordera mal llamada soberbia de tantos autores de mi localidad, hubiese tendido a desdeñar. Primero nos sugirió vender la idea a un canal de cable y entonces de allí en adelante pasamos a reunirnos en su casa. Todos los encuentros se registraban a cámara abierta y esto nos exigía despachar las ideas espontáneamente pero con un rigor mínimo de producción como para tener un registro lo más claro posible. Al tercer encuentro Graciela ensayó una masturbación frente a la cámara mientras nosotros la alentábamos desde afuera para que no perdiera confianza. Lo del Tamagochi se agotó en dos o tres episodios y nunca más se volvió a hablar del tema. La idea que estuvo en el origen de Potrillo Mojador fue una masturbación grupal al aire libre, en el patio de la casa de Liliana. La cámara tomaba desde una ventana, así que habíamos logrado un buen clima, relajado y caliente, muy adecuado al tipo de persona que éramos en hasta ese entonces: un gremio de promiscuos reprimidos aspirantes a artistas. Por supuesto que ese primer registro nunca lo usamos para el film porque fue un desastre, pero de allí en más las ideas para el guión no pararon de surgir y la película dejó de filmarse con P.C. Lo ideal es una cámara de 16 mm, dijimos, y vendimos el equipo de Liliana, o mejor dicho, lo cambiamos a un estudiante de cine por su viejo equipo de cámara y tortas de película, luces y consola de edición. El tipo creyó que salía ganando, pero nosotros todavía recibimos cheques de sitios de internet donde se distribuye Potrillo... Con la plata que ganamos al principio compramos una mejor P.C., equipada para digitalizar registros analógicos, y ya no tuvimos que pagar el trabajo a terceros que nos extorsionaban con denunciarnos si no le pagábamos la plata que pedían, que era una barbaridad, y que encima se quedaban con copias, para masturbarse, porque ni se les ocurría venderlas ni cómo. Pero, en el fondo, lo nuestro no era, bueno, es, estrictamente porno, digan lo que digan, y los productores también lo saben y nos cuidan porque saben que inventamos un nuevo género documental, autobiográfico, que está teniendo cada vez más adeptos en la red y del que somos hasta ahora los únicos expertos. Pero yo estoy viniendo ahora a lo de Liliana a arreglar mi parte, porque me voy. Me salgo, como se dice, porque ya tuve lo que quería con esto y me aterra la idea de quedarme pegado con lo de vender mi imagen para que la gente se delire, aprenda y se divierta, siendo que yo ya no aprendo nada más. Quiero hacer películas en serio, o al menos escribir libros y guiones y venderlos, pero lejos de aquí. Cuando le digo todo esto a Liliana se larga a llorar. A ella también le pasa lo mismo, con la diferencia de que no se le ocurre por ahora otra cosa. Encima se queda con toda la inversión en equipos que valen una fortuna y que nunca va a volver a usar si vuelve a los llamados (pero yo estoy seguro de que sí). Esto me dice y yo le digo: No. Tu agencia estuvo siempre y ahora más que nunca en marcha. Algo se te va a ocurrir. Y guardo mi gran cheque y me voy. Y cruzo el balneario del parque ahora vacío porque se hizo de noche y me meto saltando la valla. Dejo mi bolso en el borde de la pileta grande y me meto vestido a nadar. Dios mío. Este cheque quedó incobrable.

25.2.06

Aspe seis

/ Si está visto que no sólo el futuro, sino también el pasado, entra en el terreno de la posibilidad / I Aspe seis, le había dictado la voz de una señora por teléfono, pero no anotó nada porque pensó que jamás podría olvidarse de una dirección con nombre tan sonoro. Pagó y salió del locutorio para sumergirse en la atmósfera flamante de la calle. Todo el sol del verano cayendo a pique esa mañana sobre el centro de Elx. –Aspe seisss. Assspe sei. Sonaba como una fórmula, como el título de un proyecto artístico o de ingeniería civil… En todo caso, el denominador común a todas las analogías parecía estar cifrado en esa palabra que inconscientemente sus labios dejaron escapar. –Futuro. Y una joven lusitana que venía en la dirección contraria, muy guapa con su vestidito de gasa, pero evidentemente agobiada por las bolsas de la compra, cazando al vuelo esa palabra perdida, respondió con un gesto despectivo que puso en evidencia su natural vanidoso. Seguro que interpretó un piropo. ¡Bien por ella! A poco de andar encontró y tomó la calle indicada, bajando recto desde la avenida hacia el Palmeral, para luego, a la altura de Correos, girar a la derecha. Todas cosas que esa tal Marisa le había indicado por teléfono. El cartel de la próxima calle, efectivamente, ponía “Aspe”, y la numeración partía allí de cero, puesto que se trataba de una cortada que empezaba a mitad de la cuadra. La calle Aspe se precipitaba en forma de rampa empinada en dirección a ese famoso “Palmeral” del que apenas entreveía, allá abajo y a lo lejos, el revoltijo amarillo y estático de sus copas. El hecho de ver la referencia escrita allí, expuesta y al alcance de cualquier mortal, no disipó un punto las fantasías estimuladas por el sonido de semejante palabra desde que se la dijeron. Tanto que ni siquiera prestó atención al dato inminente de que se encontraba ya a muy pocos metros de su destino. La casa de esa tal Marisa, con quién se había puesto en contacto a través de un clasificado del diario “Información”. “Se necesitan chicos para casa de servicios a caballeros en Elx” II En realidad el muchacho había viajado en tren desde Alicante, y ese primer día Marisa lo había recogido en coche en la puerta de la estación de autobuses de Elx. Pero como creo que no es justo andar con tantos devaneos en los cuentos, pensé que sería conveniente partir desde acá. Sólo que ahora creo que tampoco es justo que por criterios estéticos me abstenga de contarles cómo reconoció Marisa a Rubio en el portal de la estación, y a su vez, cómo este muchacho cayó en la cuenta de que se trataba de ella. Cosas tontas pero que, si mi intuición no falla, uno siempre se cuestiona a la hora de las citas a ciegas, propias o ajenas. Y al respecto, Rubio pudo comprobar por propia experiencia que todos esos temores y prejuicios se diluyen en el momento en que dos miradas extrañas y anhelantes se entrechocan para producir, como las espadas enemigas, la comunión de la chispa. La chispa en el ojo bueno de Marisa, que el derecho lo tenía arruinado y virola. “¡Vaya pinta la de mi colega!” Fue más o menos lo que pudo Rubio descifrar en los gestos de la señora del Seat rojo, el tiempo en que ella se demoraba en acercar el coche al cordón. “¡Y a éste tío quién lo manda, a ver!” Pero lo que la bizca dijo en realidad fue: “Sube”, empujando hacia fuera la puerta del coche. Un autobús urbano hizo sonar la bocina apremiándolos y el muchacho apresuró su andar movedizo para zambullirse dentro. – ¿Cómo te llamas? –José –mintió pudorosamente el chico. –José, yo soy Marisa. Encantada. Y le tendió una mano laxa y regordeta, atiborrada de anillos de metal y piedras de fantasía. Las uñas, sin esmalte aunque prolijamente esculpidas, volvieron a tomar posición sobre la palanca de cambios cerrándose como una falange de hoplitas en posición de tortuga. –No te molestará que me haya apresurado a bautizarte Rubén para el anuncio, ¿verdad? ¿Qué nombre acostumbras llevar? – ¿Qué anuncio? –El del periódico, chaval. Que ayer mismo, luego de que llamaras, mandé a poner para que salga hoy. No están las cosas para perder el tiempo. Concluyó la frase bajando el volumen de la radio, con un gesto contrariado y a la vez mecánico, y echando miradas nerviosas por el retrovisor, inició una maniobra no reglamentaria para tomar la calle Aspe yendo en reversa, poco menos de media cuadra. Estacionó sobre la vereda y apagó el motor. –Supongo que tienes experiencia en esto, verdad José. –Sí. –Con hombres, digo. ¿Ya has estado trabajando? –Claro…, pero ¿dónde está el local? Por toda respuesta Marisa descendió y lo esperó junto a la fachada de una casa antigua, con la puerta clausurada por una pesada persiana de madera. Cerrada más de la mitad, la persiana podrida amenazaba con desprender su guillotina sobre el plano de mármol del escalón de la entrada, elevado unos treinta centímetros de la línea de la vereda. Por el tramo que la persiana dejaba al descubierto, se alcanzaba a ver la parte baja de una puerta de madera de dos hojas, que pronto cedió silenciosa a la mano de Marisa. Rubio empujaba la puerta del coche echando un vistazo a la redonda, mientras la mujer activaba el seguro antes de desaparecer como un duende, o un ratón, hacia el interior oscuro de la casa. III Una parte interesante de la conversación en el coche que también había decidido apresuradamente recortar: –Déjame adivinar… eres argentino. –Tibio, Tibio… –Vaya, ¿sabes que eres un tipo raro? Rubio no pudo reprimir una carcajada nerviosa que contagió saludablemente a la alcahueta y se expandió como un gas benéfico en toda la cabina. –Eres guapo, masculino y muy reservado, tres cosas que no suelen darse en la gente de ambiente. Y ahora me sales con eso de que “Tibio, tibio”. ¿Cuánto misterio? –Nada de misterio, Marisa. A lo sumo es que estoy un poco nervioso. Y con eso de “tibio, tibio” quiero decir que por un pelo no has acertado. –Ya, ya. No me hagas caso. ¿Entonces…? –Entonces, vengo de Montevideo, Uruguay. Un país pequeño, pegadito a la Argentina. –Hay, qué bonito lo que dices –acompañando las palabras con una melancólica caída de cuello. – ¿Conoce? – ¿Que si conozco? Yo he nacido en Salto Uruguayo. – ¡No me diga! Eso sí que es raro. –Pero claro, no sé si a eso se le pueda llamar conocer. Mis recuerdos verdaderos recién comienzan en Madrid, donde me crié. Los otros son como espejismos hechos con imágenes que, de tanto machacar mi madre con sus cuentos y sus fotos, se me han quedado grabadas. –Claro, es lo que suele pasar. Nunca sabremos lo que somos… Pero a Marisa parecía ya no interesarle escuchar nada más que las voces removidas en su interior. Voces que evidentemente la complacían, muy a pesar de su dudosa legitimidad, porque aun así le devolvían o ayudaban a dar forma patente a ciertas partes oscurecidas de su historia, equis tesoros postergados y sepultados por los insondables caprichos de la vida en apremiantes situaciones de crecer y de tomar arbitrarias decisiones, tales como olvidar, tergiversar, entre tantas otras. –Imágenes de un río gigantesco y oscuro –continuaba la señora–, ancho casi como el mar. Mi padre allá lejos, internado en la corriente, parado sobre una roca negra, a la pesca de esos famosos… ¿dorados? ¿Digo bien? Tú corrige. El muchacho cabeceaba sonriente. –Yo mirándolo desde la costa, tan pequeñita, vistiendo apenas un bombachudo y una gorra, a upa de mi pobre mamá. Las patitas en la corriente fría, que pasa como una tromba entre las rocas. Un olor penetrante a hierro… Si es que, ya te digo, hasta esos mínimos detalles se me han quedado grabados. Rubio se dejaba llevar. Sonreía dentro de una nebulosa condensada en torno de tantas inesperadas referencias familiares. No obstante no dejaba mentalmente de pellizcar su conciencia para mantenerla alerta y a la altura cabal de la circunstancia. Lejos de ofenderse o espantarse, el chico condescendía con el arrebato de esa perfecta y, por lo mismo, potencialmente peligrosa extraña, yéndole a la par. Porque, salvando las distancias, intuía un vínculo estrecho y, por así decirlo, espiritual, que lo ligaba a esa inescrupulosa prostituta devenida, a exigencias de la edad, en matrona de una casa de citas. Uruguaya, como él. Bizca de un ojo, como rengo desde hacía unos años también él (y esto a cuento de la dimensión somática que acaban por alcanzar ciertos estigmas). Esclava de un natural vicioso, autodestructivo, miserable, propenso a dejarse seducir por oscuras pasiones, y todavía encima el remate contundente de un detalle: la indeleble imaginación del padre como un punto difuso, lejano, inalcanzable, parado con su reel sobre una roca negra del Salto Uruguayo, concentrado en la utopía redentora del dorado. – ¿Y cómo es que terminaron por volver? –fue lo que se le ocurrió en ese momento a Rubio preguntar. –Eso es lo que nunca me supieron responder con claridad. Si estábamos en el cuarenta y pico, con todo el rollo de la segunda guerra, ¡a qué volver! Había un problema, ya, con mi abuelita, que en esos días se había quedado viuda, solita y pobre. Dicen que el abuelo se puso malo desde que partimos y a los pocos meses murió de tristeza. Papá le mandó dinero a la abuela para que tomara un vuelo desde Madrid, pero no había forma de convencerla de que subiera al avión. Total, que tuvo que abandonar un buen trabajo y viajar. Allí comenzaron los problemas. La vieja se plantó a cinco minutos de Barajas. Hizo parar el taxi, porque se orinó y otras cosas feas que no vienen a cuento. –No lo puedo creer, jajajaja. Pero qué vieja loca… – ¿Loca? ¿Qué dices? ¿Qué crees tú que tenía que hacer la pobre Concha en el Uruguay, con setenta años y el marido aun calentito bajo tierra? – ¿Y entonces? –Mi padre. ¡Pobre! Nada más fue llegar que ya lo estaban reclutando en un coche de estos de las películas. Casi dos años en reserva y otros tantos meses en un hospital, en B... –Al diablo todos los proyectos. –Pos, claro. Tuvimos que volver y aprender a vivir de la caridad que nos tuvieron unos primos de mi madre, y luego vine a enterarme de que también de cierto oficio que frecuentaban las mujeres. De dónde, al cabo de unos años, y ya por pura tradición familiar, resultó que yo también vine a aprender. Mientras esperaban que el semáforo diera el verde para cruzar la avenida, se abrió un paréntesis de silencio. El tráfico de las doce y media del día figuraba un hormiguero removido entrando en pánico. Marisa encendió un cigarrillo, le dio dos o tres calada y lo escupió fuera. Acto seguido pulsó el levanta vidrios y puso al máximo el aire acondicionado. Actuaba como un hombre. –A propósito –continuó–, ¿qué tal se trabaja en Uruguay? ¿Vienes de ejercer allí la prostitución? –Con el nombre de Lucas, cierta noche de juerga, me ofrecí a unos caballeros. Por pura curiosidad. – ¿Cuántos eran? –Diez, o doce. –Eso está muy bien. ¿Y te dejaste penetrar? –No fue necesario. Los tipos querían otra cosa. – ¡No veas!, siempre pasa lo mismo con esos cochinos. Y cómo vienes de adelante. –19 x 5. – ¡Jolines! Ten cuidado entonces con las chicas. – ¿Qué chicas? – ¡Mis chicas! Ya te las presentaré. Ellas también son argentinas. –¿…? –Todavía conserváis la piel caliente allí. ¿Cuál es el secreto? IV Ahora sí llegamos al portal. Bajando a pie desde la avenida, o aparcando el Seat rojo de Marisa. Como más les guste. La cuestión es que hay un cartelito en la pared que pone “6” al lado de la persiana de madera bajada hasta un poco más de la mitad. Agachándose para poder entrar, y empujando una de las hojas de la puerta, el tintinear de un llamador de cuentas de vidrio les da la bienvenida. – ¡Hola chicas! ¿Dónde estáis bonitas? La primera sala está en penumbra. El mobiliario huele a madera, metal y género pesado. Con un fondo musical de radio, que proviene de una habitación del ala izquierda, poco a poco van apareciendo, en los estantes, los contornos de un millar de baratijas de diseño hortera, de otros siglos: un candelabro judío, con sus siete brazos de bronce oscurecido, el destello de la platería y un juego completo de té, chino, dentro de una vitrina, miles de abanicos y muñecas antiguas de porcelana desconchada, gobelinos desteñidos enrareciendo el aire con un tufo agrio. –Ven, es por aquí. Recuerda lo que te he dicho, de otra manera se terminará pronto el negocio. Las chicas fumaban a pata suelta en una sala contigua. Tenían puesta en la radio una emisora de latinos y todo olía a quitaesmalte y musk. Era como haber entrado en una peluquería, o una pequeña fábrica de ropa. Dos sofás unidos en ángulo, atiborrados de cojines con motivo de cebra, en torno de una mesita baja con superficie de vidrio protegiendo una estampa japonesa, desleída. Y aquellas dos muchachas de rojo. Parecían hermanas. –Les presento a Pepe. Rubén, para los clientes. Y, ¿a que no se lo imaginan? Es argentino, como vosotras. Las chicas levantaron con afectación la vista de sus uñas. Estudiaron con ojillos penetrantes al recién llegado, con las limas suspendidas a mitad del trayecto, para luego estallar en una contagiosa carcajada. –Ya, Ya. No tenéis por qué burlaros ¿A que es guapo? –Guapísimo, doña Marisa, si no es del joven que nos reímos. Rubio, abochornado, pidió a sus santos la chance de despertar o desaparecer. –Qué pena, madrecita, que no recuerde que somos venezolanas. –A ver. Claro que lo recuerdo, niñas. Es que he querido decir que sois todos de Suramérica. Para entonces, las chicas se ponían de pie y saludaban al novato con besos frescos, muy cerca de la comisura. La madama contemplaba encantada el cuadro de su cándido corrillo, suspirando con un dejo de envidia sana frente los pormenores del alegre recibimiento. Echó un par de veces un vistazo a su reloj pulsera con el rabillo del ojo bueno, luego de lo cual hizo un gesto conclusivo de palmearse rítmicamente los muslos sobre la falda. –Los voy a dejar solos un rato. Tengo cosas que hacer. Sobre las dos estaré de vuelta con el almuerzo, así que ahora, a trabajar. Y antes de salir: –Pepe, acércate. Voy a confiarte mi móvil para que trabajes. Es el que hice figurar en el anuncio, hasta que tengas uno propio. El chico se acercó, visiblemente emocionado, y estiró la mano para tomar el diminuto aparato. –Puede que llamen unos muchachos de Murcia: Carlos y Fernanda, si mal no recuerdo. Indícales cómo llegar. Por lo pronto, te deseo mucha suerte, y ya sabes… Pos, nada. Y se fue, guiñándoles el único ojo vivo. Y el chasquido imperceptible de los párpados pintados al cerrarse continuó vigente en el aire hasta mucho tiempo después de que hubo salido. V –Mi niñito quedó en Caracas, con mi madre… –globitos de historieta, de sueño o de pensamiento, proyectados hacia arriba, con un gesto de ojos anegadizos, por encima de la crisma, la de cabello rojo. –¡Ay, mi Papito, que está en Miami…! –apresurada, y en el mismo tono lastimero que la otra, la morena–. Me prometió venir en diciembre para casarnos. Él no sabe nada de esto, claro… Rubio escuchaba con atención, guardando pudoroso silencio, apenas preguntándose por qué esas dos profesionales del sexo completo necesitarían excusarse así, justamente, frente a él. –Que es como te lo he dicho, yo tampoco vine a Europa para esto, sino para ser artista… Esta última era Moni, la pelirroja. Morena de facciones, pero de tez muy blanca y delicada, Mónica se lamentaba de haber sido siempre una “muchacha de familia”, allá en Caracas, y con “varios oportunos pretendientes a sus pies”. Pero después de terminar el Bachillerato, con sobrado puntaje, había ingresado al magisterio, y al poco tiempo había quedado deslumbrada por la imponte figura de un tal Renato Noe, quien coordinaba los cursos de dramaturgia en el instituto. Un hombre mayor, soltero o viudo, en plena decadencia de su carrera actoral, pero cuya virilidad todavía era ponderadísima entre las jóvenes. El tal fulano, luego de inflamar a Moni de una ardiente pasión y de un embrión inoportuno, la había abandonado por otra admiradora menor, con quien finalmente se casó. –Se llama Jeremías –concluyó llorosa–, mi bebe. Un bonito nombre que recordé, durante el parto, de los cuentos de la Biblia que me contaba mi abuelita. Hubo entonces un largo bache de silencio. Un tiempo muerto en el que no podría afirmarse, ya a esta altura, si Musi, la morochita, y el chico nuevo lloraban o sonreían. –¿Y tú? –soltó de prepo la pelirroja, luego de reponerse, dirigiéndose al muchacho. –¿Yo…? ¡Ah!, mjm. Nada raro. Mi hermano se casó con mi novia. –¡No digas! –exclamó Moni. –Si sabré yo algo de esas cosas… –atinó a continuar Musi, acongojada. –Calla, déjalo que continúe… –Casi diez años de pareja, ¡Ja! Ehh… ella, resultó que más de seis con los dos al mismo tiempo, así que… aquí me tienen. No sé qué tendrá que ver lo que le digo con su pregunta…, señora. –¡Ya, cariño!, nada de “su”, ni “señora”. Llámame Mónica. –Mónica. Guay…, Yo me… –¡Moni!, prefiero… Y aquí, la amiga Música. Ya ves, en inglés suena como un lema muy chévere: Money & Music. ¡Dinero y Música! –… me llamo Rubio –concluyó el chico. –… y no te reprimas, tesorito… ¡¿Quéeee?! ¿Rubio? ¿Oyes, Musi? Se llama “Rubio”. –¡Pero si eres morocho!, ¡Qué gracia! –En realidad me llamo Hernán, pero de niño me dicen Rubio. –¿Y se puede saber por qué? El muchacho se sonrojó. Y luego de levantarse, carraspear y ponerse a dar vueltas sin sentido alrededor de la sala, dijo que por ahora prefería pasar sobre el tema. –Es una cosa muy íntima…, digamos, un lunar, o un “defecto” de nacimiento. Pero tranquilas, nada que pueda contagiar ni matarme. Las chicas, intrigadas, guardaron respetuosamente compostura, pero con muestras evidentes de haber quedado afectadas por el enigma que el chico había dejado a medio resolver. Musi continuó trabajando sus uñas perfectas con la lima, mientras que Moni revisaba su teléfono con afectada concentración. –Claro –se decidió por fin la morocha a continuar–, entiendo que los hijos marcan un rumbo muchisísimo más severo. Son para siempre. Lo mismo que el vínculo que naturalmente crean entre los padres. Pero no se olviden que el amor, sobre todo cuando es el primero, por más que no se realice en hijos, deja una marca imborrable. Y si cuando estábamos juntos, yo y Papito, allá en Caracas, ni todo el amor del mundo vino a impedir que nos separáramos… Y aquí empezó el llanto a raudales. –¿Para lo que tengo que hacer yo acá en España? ¡Si sabré quién consiguió meterle en la cabeza eso de hacerse rico yéndose a Miami! Rubio, al principio, también lloró un poquito, viendo cómo la hasta hace unos minutos impenetrable alegría de la morocha se desmoronaba. Y como no sabía qué hacer, hizo lo que vio hacer a la otra compañera. Acercar el cuerpo. Entibiar. Sostener el exangüe cuello con cariñosas prensas manos y, por último, también besar. Besar, de a dos, la piel delicada y humedecida de lágrimas del escote de una chica de 25 años. Beber, de pronto y como sin querer, la sal de ciento cincuenta mil millones de turgentes y calientes arribas o senos o bocas de mujeres a la deriva, en un mundo en donde la desgracia, para ellas, significa incluso un poco más que la palabra “nada”. Y el chico, que sin quererlo, con ser un hombre, también lo significaba. La nada besante. El escozor que sentía en lo más descubierto que encontró entonces siendo su espalda. Sus hombros, el torso, el pecho neumático, entre tantos otros poderes que Musi le venía a descubrir con su reclamo. ¡Qué hermosos estaban! Y entonces, sin reparo, el chico se bajó los pantalones para exponer su vientre payo a las muchachas. Un vello lacio y casi invisible, como decolorado, que apenas alcanzaba a ensombrecer una cuarta del tronco de un pene fuera de lo común. Algo verdaderamente inédito, pero para nada monstruoso, si no de finas y delicadas proporciones. Una vena púrpura, de un calibre que en ocasiones es posible ver en el reverso de ciertos atléticos antebrazos, afirmaba la estructura de la máquina. Con la misma velocidad el chico volvió a cubrirse, y antes de que cualquiera de las dos latinas recuperara el aliento, se despatarró en el extremo más alejado de los sofás de cebra, sacó un cigarrillo y se puso a fumar. Sonó un teléfono. Moni hurgó con su delicada manita de uñas esculpidas dentro de un bolsito blanco y, luego de aclararse la garganta, contestó. –Aló… Venga, padrecito, tú dirás cuánto dinero quieres gastar… Sí, papi, se me da muy bien. Sí. Sí… Pero deja ya de gastar en móvil y vente para aquí, tenemos todo lo que se te ocurra… Ya, ese es el coste, tú decides. Hasta ahora, guapo. Mientras tanto, Musi había subido el volumen de la radio y bailaba, haciéndole ademanes al muchacho para que la acompañara. –Esto se merece un brindis, ¿no os parece? ¡Vaya polla la que traes, Rubio! Con lo pequeño que eres. – ¡Sálveme Dios, chiquillo! –exclamó Moni, todavía empuñando el teléfono–, que traes mucho más de 20x5 allí. Eres un fenómeno. –Además de guapo. Te llenarás de dinero, pero no creo que este sea el lugar adecuado. Tú mereces algo mejor. Quizás en Murcia…, pero ¡qué digo!, Barcelona y Madrid a ti te quedan chico. ¿Qué edad dices que tienes? –Diecinueve. – ¡Diecinueve!, pero chico, ¿qué haces que no estás en la escuela? –Ya terminé el colegio, ¿qué creíais? – ¿Y tus padres, saben de esto que haces? –Claro que no. Mi padre, hoy día, es presidente de Uruguay. Ni se entera de mí. Y mi mamá se murió. Es decir, acaba de morirse hace unos meses. Un accidente de coche, saliendo de Villajoyosa. Quizás escucharon hablar… –Ya decía yo que esto merecía un brindis. ¿Quieres ir hasta la granja en busca de cerveza? Aquí tienes. Todas las latas que te alcance. –De acuerdo. VI Antes de salir, el chico manoteó su teléfono y el dinero que le extendía Musi. No sin un contenido arrebato de pudor, esto último, ya que su triste realidad era, desde hace un tiempo, traer bolsillos vacíos. Pero qué felicidad cuando el llamador de cristales de la puerta ejecutó su música, dándole paso y sosiego a ciertos lógicos temores de Rubio de que la jefa los haya dejado encerrados. Se apresuró entonces a escurrirse como una laucha por el hueco que dejaba la persiana. El empedrado de la calle Aspe reverberaba bajo un sol de pleno mediodía que partía la tierra y lo obligó a calzarse las gafas oscuras. Sonrió. La música y el alboroto de las chicas seguía escuchándose desde afuera. Remontando con la vista la calle en ambas direcciones, reconoció, a pocos metros, el toldo de una tienda de alimentación. Cruzó la calle y se metió en el local acondicionado. Mientras esperaba junto al mostrador a que alguien lo atendiera, echó un vistazo a un anuncio manuscrito, pegado en el costado de la cortadora de fiambre. “Se necesita monitor particular para niño con problemas de dislexia. Por contactos, consultar aquí.” Epílogo Carlos y Fernanda finalmente llamaron y aparecieron en casa de Marisa sobre las seis. Para entonces la alcahueta había regresado y vuelto a salir varias veces, fastidiada por que la única que había sabido concretar una visita aquella tarde fue Musi. Carlos era un gitanito tostado, de aproximadamente 27 años, temperamental y escueto con las palabras. Se puede decir que eso era todo lo que tenía de guapo. Pasó la tarde fumando porros y conversando con Pepe en una sala de espera del ala posterior de la casa, diminuta y pintada de rosa, con una heladerita, que, pronto descubrieron, estaba llena de latas de cerveza Cruz Campo, y una litera, o camilla, arrimada a la pared izquierda. Ambos simulaban estar atentos a sus teléfonos cada vez que la charla naufragaba. Mientras tanto, en la primera habitación, las chicas derivaban a merced del estimulante relato de Fernanda, una travesti valenciana de apenas 18 años que se jactaba de haber invertido más de un millón de pesetas en cirugías. Vestía un enterito de jean celeste sobre una prenda elastizada color sandía. Algo que podía ser un body o una camiseta de breteles, que le favorecía mucho el arriba, pálido, escotado, en torno de un par de senos discretos de pezones en forma de estrella. Mostró que en el costado no tenía rollos. Que el vientre estaba recuperándose de una lipo reciente ... Fernando Callero Santo Tomé – Santa Fe Febrero de 2006

23.2.06

El bañista

/ Para que duerma un gran dolor debes esforzarte en hablar claro y permanecer despierto / 1 La primera vez habías bajado al río a mediodía, dejándote llevar por la intuición y los patentes espejismos que en la nada del cielo iba trazando el calor. El azar fue desplegando entonces, a partir de que sortearas el túmulo de la ruta, la alfombra mágica de un camino ardiente y desolado, de fina arena suspendida en remolinos, flanqueado a la derecha por extensos lotes pelados donde se veía trabajar una máquina. De tanto en tanto, y como para resaltar aún más la ausencia de los árboles, un cartel rompía la horizontal con el anuncio de una casa de bienes raíces. A la izquierda, tendido a lo largo de los metros que conectan la ruta con la costa, un alambrado olímpico resguardaba exageradamente las precarias instalaciones de palo, paja y cristal de un complejo que unos cartelitos manuscritos identificaban con el nombre de “Club Atlético Comuna X”. Todo lo demás, silencio y calor flameando banderas de atmósfera turbia, en circuitos ascendentes hacia el cielo, y los tallos carnosos y nervados de un cardo florecido en blancas coronillas, tan quietas que parecían no estar ahí. Vos quebrabas algunos para alentar la marcha sorbiendo del extremo herido, ligeramente mentolado. Hasta que por fin apareció el río. Una franja estrecha y correntosa, con las márgenes pobladas de camalotes en flor, al final de una pendiente. Bajaste buscando un pedazo de playa limpia y la encontraste. Te quitaste la ropa. Trepaste a un tronco encallado en la arena y, sin precaverte, como solías, tanteando primero el agua y el terreno del fondo con el pie, practicaste un clavado. El brazo rampante y helado del río te recibió como un bautista. Te dejaste llevar a la deriva unos cuantos metros que luego supiste remontar con vigorosa natación. Rara vez una silueta humana apareció en escena: dos niños a caballo, un jardinero trajinando en una finca. Prácticamente nadie. Volviste a la casa con el crepúsculo, retomando el mismo camino ahora menos infinito. 2 Ocho y media de la mañana. Antes de partir intercambiaste unas frases con la vecina, a cuento del calor y de los perros que revolcaron la basura por la noche. Entonces surgió lo del camino al río. –No sé si es más directo el que te digo, pero por lo menos hay árboles y casas. Con lo que quiso decir que era más fresco y llevadero. Tenía razón la señora. Todo a lo largo y hacia ambos lados de ese camino, si bien de aspecto igualmente desértico, se desarrollaban parques floridos, árboles y fincas con piscina. También casitas con huertas, corrales y hediondos criaderos de aves. Una veterinaria de mascotas. Algunos animales sueltos, solitarios, o en tropilla. Caballos lustrosos con cachas como de armaduras, mascando hierba, con la vista perdida en paraísos rarísimos, la tripa negra del sexo colgando exangüe como un asustasuegras vencido. Pájaros parados en el lomo comiéndoles los piojillos de la crin, castaña, blanca, o azabache y como de vinilo. Esporádicos hombres blancos en cuero y, por lo general, bastante fuera de estado, lavando el coche o arreglando el jardín. Hombres morochos, petizos, lampiños y bien plantados, arreando tropillas al trote sobre un pingo, o en cuatro patas aplicados al desmonte de un terreno. ¿Recordás que sólo estos últimos te saludaban? Una niña descalza apareció de no sé dónde, viniendo al trote y a los saltos por unos riesgosos palos tirados ex profeso sobre el barro del costado del camino. Perseguía un rebaño asustadizo, de vellones pardos, fluctuante, evolucionando como un torrente de lava por las anfractuosidades del terreno. Más adelante, terneros recién paridos irguiéndose titubeantes, a tiro de una poderosa vaca roja, o de esa otra matrona negra y blanca, redonda como una luna de cuero venida abajo. Hacia el final del camino, otro complejo. Con el perímetro alambrado y un cartel de tronco. Cincuenta metros de desvío hasta retomar la dirección del río por una callecita estrecha, al cabo cortada por una valla de caños a la altura del terraplén. Una vez allí viste aparecer la escalera y, antes de bajar, desde esa oportuna terraza, echaste un vistazo remontando la playa desierta. Otra vez en la costa, buscando hacia la derecha la misma playa limpia de ayer, salvo que hoy un poco más lejana. El tronco varado desde donde te tiraste, los agujeros de serpiente o de tucu tucu en el escalón de la costa socavado por la corriente, el medallón de un verde pulido y someramente fantástico de la isla que partía el agua en dos, multiplicando el empuje del torrente. Garzas azules con el pico rojizo o, si se quiere, negras con el pico anaranjado. Una pareja de patos corneteándose mensajes eróticos sin pudor. –Extraño que hoy tampoco –seguro pensaste–, nadie –mientras dejabas caer la ropa en la arena, un segundo antes del sordo estertor de cuando zambulliste. 3 Cuatro y media de la tarde. El calor bajó bastante por efecto de unas rachas de viento fresco y húmedo que comenzó a soplar del este, desde la madrugada, haciendo alardes de lluvia con nubes que, al final, al promediar el día, desaparecieron. Por eso es que temprano habías tenido la dichosa “experiencia celeste”. Esa que tantas veces me habías pedido que te “respetara” y yo, debido padecer. Arrebujarte como un caracol entre las sábanas, a primera hora, cualquier día, laborable o no, a la espera de la descarga del meteoro que una fina sensibilidad ósea, o sea, tus putos huesitos transformados mágicamente en antenas, te predecían. –Dejame que está por llover. Sabés que hoy no puedo hacer nada de nada. Pero esta vez yo no estaba. Y me juego la cabeza que, a pesar de estar de vacaciones, lamentaste no tener a quien molestar, ni quien te moleste. Cuatro y media de la tarde, decía. Esta vez elegiste el camino reparado de las fincas. Vas con el pecho descubierto, azotando moscas con la remera, entretenido en reconocer y nombrar los árboles por su nombre. Disfrutando el vacío de personas. Dijiste por lo menos treinta veces “ceibo”, no menos de veinte “sauce” y “paraíso”, un poco menos “timbó” y, para tu sorpresa, más de siete o nueve veces “álamo”. Álamos plateados. Sin lugar a duda excéntricos, de acuerdo con las oportunas consultas a la “Guía de Avifauna del Litoral” que me robaste antes de irte, tan enojado. Álamos con tatuajes de expresivos ojos egipcios en toda la correosa piel del tronco. Estigmas de viejas ramas perdidas durante el crecimiento que te impresionaron, quizás por corroborar de prepo aquella hipótesis mía de que el pasado nunca podrá borrarse de un plumazo. Llegaste una vez más hasta la valla del terraplén y, antes de descender, echaste un vistazo de rigor todo a lo largo de la costa. En tu playa se recortaban siluetas de extraños, quienes, además de las combas en el aire proyectadas a cada salto que daban desde tu tronco, te espetaban el bullicio impertinente de sus voces y el chasquido de las trémulas cortinas de agua y espuma elevadas tras el impacto. Al acercarte distinguiste a dos muchachos. Bogaban infructuosamente un trecho contra la corriente y luego se dejaban llevar, o descansaban un rato agarrados a los pastos de la isla. Cuando te sacabas la ropa sentiste cómo, desde su escondite, ellos te clavaban los ojos. En el agua, a pocos pasos de la costa, había también un hombre. Un viejo de pelo blanco, tostado, de ojos azules, que llevaba un hermoso animal asido de una cuerda. Saludaste y él respondió con manifiesta alegría. –Esta es mi vaquita tal, me la trajeron del norte. –Parece que le gusta el agua –acotaste, por decir algo. – ¡Ah!, le encanta venir al agua, y que le acaricien las tetas– contestó el paisano con luces en los ojos, acompañando lo dicho con maliciosas sobadas a la altura de las ubres de la becerra. Esto último te inspiró una carcajada “remota, pero como aun fresca”, según me decís en uno de los mails. Pero esos pocos mails son, sin dudas, lo de menos ahora. La cuestión es que te reíste frente al viejo, ese viejo choto refregándose contra una exótica belleza de animal, contra un mamífero místico, en la profunda intimidad de un río, arrimados al punto de disolver y mezclar algo de sus jugos apremiantes en una sopa instantánea que el viejo se tomaba aquella tarde en esas aguas. El agua está caliente, me decís que te decía, mientras batía remolinos a la altura del sexo, con las palmas abiertas. 4 –Le gusta que le acaricien las tetas. El animal va aparejado con un bozal de cinta roja. A penas la línea del lomo y la cabeza completa sobresalen del agua, y sus ojos enormes, de un gris oscuro, brillantes, parecen confirmar con un gesto profano la afirmación del dueño. –Es por demás de cariñosa. La becerra explora al bañista alternativamente con uno u otro de sus scanners adosados a cada lado de su cabeza. Botones negros y brillantes, como de fantasía. El muchacho no para de tirarse un clavado tras otro desde el tronco, circulando, al volver, los límites imprecisos del limbo en que esa extraña, y como bíblica escena, se desarrolla. Un presentimiento ambiguo lo acompaña. Difuso. Atávico. Sostenido en una tensión secreta que cree adivinar detrás del gesto impávido del bicho. El animal de pronto lo confirma dando un respingo. –A veces se pone nerviosa –se excusa el dueño, disimulando con una sonrisa el esfuerzo por contener la puja. Pero no alcanza a completar la frase cuando la vaquita arremete con un segundo salto. Esta vez la correa cede y los cuernos se clavan certeramente en la ingle sumergida del chico. El animal cabecea bajo el agua y, con precisión quirúrgica, extrae, de una sola vez, el sexo completo. Ante el espanto del dueño, el cuerpo del bañista se desagota en el río. Un ovalo de sangre se expande en torno como una pollera, o una capa ocre, de un género pesadísimo del que la vaquita se pone a beber con gusto. 5 Reaparecen los muchachos. Son dos adolescentes de entre quince y diecisiete años. La piel marrón espejada, con joyas de luz resbaladizas. El más alto lleva un pantalón deportivo, de nailon negro, hasta mitad de las pantorrillas, y el otro un clásico short azul con guardas laterales rojas, hasta mitad del muslo. Ambos sonríen y miran a los ojos. El bañista también los mira, y empalma arteramente palabras de la conversación ya gastada con el viejo con otras nuevas que ahora son para los chicos. –Debe haber un lugar más alto, para tirarse de cabeza… – ¿Usted siempre viene a entrenara acá? –No. Llegué hace unos días. –Nosotros siempre saltamos de un tronco que traemos. Ese es nuestro. – ¿Así que aquí los troncos sueltos tienen dueño? –Claro. Le avisan de una barranca que hay al extremo norte de la isla, a un tiro de donde están. – ¿Por qué no va? –Porque no me animo. – ¡Ah…! no se anima… –No conozco. Al rato iba tras ellos. Abandonan al viejo y su vaca. Las patas metidas en el pantano le dan ensueños acelerados de nuevas laceraciones. Por ejemplo, un lagarto. Una raya tapada de barro. Una palometa serrada. Una tortuga. Nada más “algo” que sepa morder bien el tendón del tobillo. Una ñacanina en el calcañal. Remontando el río, yendo por el bañado de fondo plasmático afirmado en un tejido de raíces, pedos de arcilla y otros muy distintos de pulmón de camalote desinflado. Hasta alcanzar la altura de la punta de la isla, allá enfrente. A menos de veinte metros. Y, sorprendentemente, a costa de un mínimo esfuerzo: el de los miembros, ya que con pocas brazadas el bañista descubre que puede prescindir de la respiración. Se lleva instintivamente la mano a la ingle, bajo el agua, para recorrer con las yemas de los dedos la sutura que el viejo, luego de rellenarlo con partes de agua de río y partes de arcilla de la costa y del fondo, había compuesto con pericia, sirviéndose a penas de una crin de la panza de la becerra. Precisamente de una de las que componían el flequillo ventral en que residía toda la particularidad de su satánica raza. Trepan la barranca. El bañista se clava primero. Desaparece poco menos de un minuto y emerge en un punto lejano, corriente abajo. Al verlo aparecer, los chicos se tiran a su vez, según su estilo. Parados. Verticales o bombitas. Pero nunca de cabeza. Cuando el bañista se acerca, el rubio se le tira encima. Emergen. Carcajadas, y el otro que también se tira. Ya podemos ser amigos. 6 Cuántas veces me negaste, últimamente, como amigo. Me dijiste que ahora las cosas habían cambiado, como es natural que las cosas cambien, pero que, en razón de mi comportamiento, otras se habían precipitado sin control. Cosas que “nos hacían daño”, a pesar de que yo me “negara a reconocer”. Siempre con esa fórmula, la fórmula del éxito. Algo que seguro aprendiste en la facultad. ¿Te acordás cuando “cursamos” el C.B.C.? ¿Te acordarás algo de las teorías de esos tales “Carnap” y “Popper”? Yo no, pero no puedo dejar de acordarme de vos cuando algún drogado de lentes pronuncia, en una fiesta, uno de esos antipáticos nombres. Te hace daño que todavía te quiera, ya que de vos sospecho que no podrás decir lo mismo. De otra manera no me explico que te hayas ido con ese argumento tan infeliz. “Me dijiste que ya no me querías” (con voz de mariquita muerta). Cuando, por lo que recuerdo, mi frase se completaba con las palabras “con locura”. ¡Claro que te dije que ya “no te quiero con locura”!, pero hay más de una manera de interpretar eso. ¿O no? Tu planta tiene un hongo blanco en las hojas. Les pasé un trapo húmedo, y al principio parecía que ya estaba, pero cuando el agua se secó, el hongo volvió a aparecer. No sé qué se te ocurrirá al respecto. Se la ve muy mal. 7 Los juegos consistían en poner metas y cumplirlas. En esto el morocho lideraba. Las de saltar y cruzar ya estaban agotadas, así que sugirió la de dar la vuelta a la isla. Dejándose chupar por la otra corriente, circularon el lado opuesto. La vegetación era mucho más brillante y profusa, lo mismo que las aves, que fueron sorprendiendo en el camino en graciosas escenas familiares. Aparecieron unas parejas de alguaciles negroyrojos, de textura sintética. El rubio cazó uno y se lo regaló al bañista. Continuaron nadando juntos, uno muy cerca del otro, esquivando con pudoroso recelo cada súbito tacto submarino. 8 El bañista volvió a sorprenderse de no necesitar respirar, cosa que por pura costumbre continuaba practicando. Al no penetrar aire en el cuerpo, el ejercicio se limitaba a expandir y contraer las aletas de la raíz. Pero pronto descubrió que conservaba la capacidad de chupar aire y agua por la boca, y luego que, de estos elementos, sólo el agua parecía cumplir cierta función, quizás renovando la que del interior se iba evaporando con el sol y la actividad física. De pronto y sin razón aparente reparó en que los chicos no habían prestado la más mínima atención a su cicatriz. ¿Cómo explicaría esa huella? Cuando llevó los dedos allí, obtuvo una mínima información en forma de una línea áspera, casi imperceptible. Palpó un extremo de crin y con un ligero tirón la arrancó. Sin saber muy bien qué hacer, la miró y decidió conservarla. Volvió a acercarse al rubio, que descansaba abandonado a la deriva, mientras el otro desaparecía en la distancia. –Espero que al viejo no se le ocurra tocarme la moto –le dijo al bañista. – ¿Qué moto? ¿Por qué? –Ya me la quisieron robar una vez, y él justo estaba en la playa. Dice que no vio nada. –Mmm… Lo que se dice “El Río” habita muy a gusto en ciertas páginas. Espero, en el futuro, poder escribir alguna de ellas. – ¿No quiere que lo lleve? – ¿A dónde? –No sé. – ¿Y tu amigo? –Puedo hacer dos viajes. Se quedaron mirando lejos. –Se me ocurre algo mejor. Mientras llevás a tu amigo, yo voy caminando. Después volvés a recogerme. – ¿Después, dice usted, que lo recoja? 9 Te pusieron algunas gotas de Rímolo en las nalgas. Estabas en cuatro patas, anestesiado. Y una sustancia viscosa que extrajeron, efectuando pequeños cortes, del tronco de un arbolito parecido al Tártago. El baquiano, y cierto anónimo secretario. Cuando la catarata de productos alcanzó el vientre, el viejo comenzó a trabajar por abajo con la sutura. Hincaba un extremo del pelo atravesando varias capas de piel, como si estuviera hecho de acero aliado con otro material más liviano y flexible, parecido a una tanza. La vaca mugía estaqueada en la playa. La operación se llevaba a cabo al resguardo de unos troncos de eucaliptos, varios metros más arriba, desde donde serían prácticamente invisibles. Lo sorprendente era que, más allá del horrible momento de la mutilación, el bañista ya no había vuelto a sentir dolor. Claro que tampoco había permanecido todo el tiempo conciente. En este sentido, todo se le aparecía borroso. Y ahora resulta que la única testigo de la verdad había comenzado a borrarse. ¿Cómo podía un animal eviscerado y relleno con agua y tierra continuar en pie? ¿Cuánto tiempo iba a tardar en renunciar a practicar la vida tal como si todavía…? ¿Era que aun no se le habían agotado todos los gestos humanos de su repertorio? 10 La Becerra te exploraba alternativamente con uno u otro de sus scanners adosados a cada lado de la cabeza. Botones negros, brillantes, como de fantasía. Un aparentemente estúpido animal brasilero, extrañado de su pampa y de la carne y de la leche de su madre. Mientras, vos te tirabas con arrogancia un clavado tras otro, circulando, cada vez que volvías a la playa para recurrir el vértigo de ese trampolín ajeno hecho con un tronco funesto, el límite impreciso del limbo en el que aquella extraña y como bíblica escena se desarrollaba. El animal, de pronto, dio un brinco arrojándose sobre ¿ti? Un ataque que, desafortunadamente, el baquiano nunca alcanzó a sofocar. Y el sistema de correas se ajustó como una media en torno de la cara de la vaquilla, cuyas facciones lucieron, en un punto, como rebalsadas. –A veces se pone nerviosa. Pero ya era tarde. De una certera cornada el animal logró vengarse de la distracción del amo alzándose con tu pene, con toda tu belleza que ahora muere-re-re-ré, para siemp-e-re. Y yo ¿para qué dije tantas cosas, cuando lo único que me proponía decirte es que ya no te amo con locura, sino que te amo? Fernando Callero. Santo Tomé, Santa Fe. 16/02/06